Los medios de comunicación ucranianos e internacionales nunca dejan de recordar a sus habitantes que esta guerra se libra en nombre del “futuro europeo de Ucrania”. Imagino que este nunca llegará; de todos modos, y mientras tanto, ¿qué son estos pequeños sacrificios económicos en comparación con toda la sangre que se derrama por este “gran ideal”? Lo triste es que bajo la promesa de lograr esta ilusión se están poniendo desde hace tiempo los cimientos de un país, que al igual que otros, se convierte en el laboratorio neoliberal del doctor Frankenstein.

La UE tiene mucho interés en mantener la ilusión de la “integración europea” de Ucrania y a los Estados Unidos le conviene un territorio cercano a Rusia a su medida. En el contexto global, la UE es cada vez más vulnerable económicamente. En las últimas décadas, muchos países europeos se han vuelto cada vez más dependientes de los trabajadores inmigrantes, dentro de los que están los ucranianos, muchos de ellos expulsados ​​de su país precisamente por el desempleo y los bajos salarios creados por las sabias reformas propuestas por la UE y EE.UU. Según el Banco Central de Polonia, el 11% del crecimiento del PIB de Polonia entre 2015 y 2020 se debe a los inmigrantes ucranianos. Como era de esperar, Polonia siempre ha estado entre los más activos en alentar la «elección de civilización occidental» de Ucrania.

El país va en contramano de cualquier teoría económica de guerra. Se supone que el intervencionismo y dirigismo de la producción por parte del Estado fue lo que primó en las dos guerras del siglo XX que conmovieron al mundo. Los estados en guerra tienden a nacionalizar sectores clave de la economía para maximizar la producción de armamentos y estabilizar la economía civil. Intentan afianzar el compre nacional, incentivan el crédito, pagan mejores sueldos, condonan deuda interna y dejan de pagar deuda externa, cobrar impuestos extraordinarios, y obviamente se olvidan de la corrupción. Curiosamente, esto no ha ocurrido en Ucrania, de hecho, se piensa todo lo contrario.

Todo parece estar al revés en Ucrania, cuando menos algunos datos resultan paradójicos. Rusia ocupó territorio terrestre ucraniano (partes de Luhansk, Donetsk, Zaporiyia y Crimea), casi el 27% del territorio con unos 4.400.000 habitantes, es decir, el 10% de la población ucraniana. A pesar que hay disparidades en cuanto a los refugiados, al 21 de febrero de 2023 se han contabilizado más de 7.0 millones de refugiados ucranianos registrados en diferentes países de Europa, lo extraño es que 2.852.395, es decir, más del 40% de los refugiados se fue a Rusia. Teniendo en cuenta estos datos, muy conservadores, con suerte Ucrania tengas 31 millones de habitantes, un 30% menos, dato para tener en cuenta con las medidas económicas.

En noviembre del año pasado, el presidente ucraniano Volodymyr Zelensky firmó un memorando de entendimiento con BlackRock que hará que el fondo de inversión asesore al gobierno. La historia de BlackRock hace que todo esto sea especialmente premonitorio. Según un comunicado desde la oficina del presidente, el fondo de inversión ya había estado asesorando al gobierno ucraniano «durante varios meses» a fines de 2022, básicamente sobre privatización.

En diciembre del año pasado, antes de la invasión, cuando Kiev y BlackRock llevaban meses discutiendo, el parlamento ucraniano impulsó una legislación respaldada por promotores inmobiliarios que se había estancado antes de la guerra, desregulando las leyes de planificación urbana en beneficio de un sector privado que ha estado observando con avidez la demolición de sitios históricos. Esto es solo una muestra de cómo la guerra, la falta de oposición política y de medios atrapó al congreso ucraniano.

Según el Ministerio de Finanzas de Ucrania, de enero a junio el presupuesto estatal registró 35.000 millones de dólares en gastos y 21.800 millones de dólares en ingresos. Esta situación ha ido empeorando. De los ingresos U$S 19 mil millones provinieron de diversas formas de crédito y ayuda exterior. El ministro de Finanzas,  ha declarado en repetidas ocasiones que, sin un aumento de la ayuda, Ucrania se verá obligada a recortar aún más el gasto no militar en unos meses: Esta es todo una declaración: importa lo bélico, no la gente.

La tensión ya se ha hecho sentir en los empleados estatales. Los trabajadores de la empresa ferroviaria estatal, que han venido jugando un papel importante y peligroso para salvar la vida de millones de civiles, reciben sus salarios con retraso y cuando los hacen, se les reduce en un tercio. Muchos maestros y profesores universitarios no han recibido salarios durante meses. Pero lo más llamativo es que, según informa el Ministerio de Finanzas, el 21% (U$S 7,3 mil millones) de todos los gastos del presupuesto de enero a junio se dedicó a los pagos de la deuda estatal. Esta situación, completamente absurda, solo empeorará, según Bloomberg, que calcula que Ucrania enfrentará una fecha límite de pago de deuda de U$S 1.4 mil millones en septiembre.

Las negociaciones subrayan el objetivo del gobierno ucraniano de permanecer en buenos términos con los inversionistas globales, particularmente para estar en condiciones de financiar la reconstrucción del país después de la guerra, negocio que todos están mirando. De aquí en más comienza un concierto de desaciertos y facilidades de negocios en un país que, en breve, termine o no la guerra, será fantasma.

Una de las demandas más importantes y constantes que el FMI y otros acreedores occidentales desde el 2014 ha sido la “independencia del banco central”, lo cual ha servido de broma de todos los economistas, es cierto, al igual que en la Argentina o en Brasil, el Banco Central es independiente ¡del país! Esto significa que deberá seguir de la forma más estricta las lógicas liberales ortodoxas. Es decir, considerando la «meta de inflación» a través de medios monetarios, subir las tasas de interés a la nubes como la única forma aceptable de intervención estatal. Las empresas no pueden obtener crédito y el país se desindustrializa, pero al menos la moneda es estable, lo cual tampoco es cierto. O sea, con anuencia del banco central los bancos nacionales facilitan la fuga de capital, mientras que los “socios occidentales” hacen todo lo posible para facilitar la fuga de capital humano.

La decisión del Banco Central de una solución monetarista ortodoxa es totalmente inadecuada para el contexto de tiempos de guerra, pero consistente con los organismos internacionales de crédito porque todo confluye al mismo sitio. Veamos. No existe ninguna tasa de interés lo suficientemente alta como para convencer al capital extranjero de invertir en Ucrania, dados los riesgos militares y la devastación. La inflación en Ucrania es provocada por factores del lado de la oferta, como la crisis energética mundial, la escasez de gasolina debido a los ataques militares rusos, la falta de energía para producir, la congestión de importaciones en la frontera, falta de inversión, inexistencia de producción, no por una demanda desbordada ni por una redistribución del ingreso asombrosa, todo lo contrario.

Para tener una idea, el ministro de Finanzas creó bonos de guerra especiales tras la invasión, con la esperanza de recibir alrededor 13.500 millones de dólares, apelando a los «ciudadanos patrióticos». Pero después de dos meses, sólo se habían recaudado U$S 2 mil millones. El banco nacional se vio obligado a intervenir, comprando el valor de 1.9 mil millones de dólares. Pero el mismo banco inmediatamente comenzó a preocuparse por las tendencias a la inflación y la devaluación de la moneda, empeoradas por la impresión de dinero para comprar bonos de guerra. 

Los déficits gemelos son enormes, pero llama la atención el externo. Desde el punto de vista interno, sorprendentemente se aprobó una ley, a fines de junio, que tiene como objetivo «reiniciar la privatización de los activos estatales en un nuevo nivel». Al pedir la nacionalización de empresas en contrario de las privatizaciones para comprar menos externamente, el Ministerio de Economía señaló que “ya no es el momento para la Oficina Nacional Anticorrupción de Ucrania (NABU)”. Dijo esto porque en los últimos ocho años, una oleada de “órganos anticorrupción” (ONG, órganos estatales y otros) se han centrado en eliminar la intervención estatal en la economía. Tanto la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID) y la Open Society Foundation, han creado sitios web como Prozorro (“transparencia”), que maneja las compras estatales ucranianas, y según esta propia página es el resultado de una asociación entre empresas, gobierno y la sociedad civil.

La exigencia de que las licitaciones estatales se realicen con una cantidad mínima de proveedores nacionales debería de ser calificada al menos de “extremadamente extraña”, pero el organismo de la embajada americana Prozorro cree que ante menos competidores locales se neutralizan los “riesgos de corrupción”, los imperativos de “detener la corrupción” tienen prioridad sobre el desarrollo económico de Ucrania. Con esta idea, alrededor del 40% de las compras estatales ucranianas son de productores extranjeros. Uno de los países más corruptos del mundo por décadas, ahora compra en el extranjero para no serlo.

Al comienzo de la guerra, el gobierno de Ucrania canceló los impuestos y aranceles de importación. Esta fue una gran noticia para los concesionarios de automóviles, con miles de autos cruzando la frontera a precios mucho más bajos de lo que normalmente se venderían. Pero fue malo para el presupuesto de Ucrania, que perdió alrededor de 100 millones de dólares al mes.

El gobierno no considera necesario aumentar los impuestos a las grandes empresas. En una entrevista de Bloomberg, el ministro de finanzas no sólo aseguro que 75% del presupuesto es para la guerra, “reiteró que no está a favor de modificar el sistema tributario de ninguna forma, ya sea flexibilizándolo o endureciéndolo”. Por lo tanto, la política fiscal de Ucrania en tiempos de guerra no se ha apartado del consenso posterior a Euromaidán, que considera que la reducción de los impuestos es la clave del crecimiento y la prosperidad. En efecto, al cancelar tantos impuestos y hablar principalmente de la reconstrucción de la posguerra en términos de zonas libres de impuestos para la exportación, la guerra paradójicamente ha visto una intensificación de este modelo fiscal. Mientras tanto, los ingresos fiscales que se reciben, por supuesto, no se utilizan para fortalecer el sector estatal.

El 17 de agosto de 2022 el congreso aprobó una nueva ley laboral de su país conocido como la ley 5371, que implica una completa flexibilización del mercado laboral en perjuicio de los trabajadores. La presión de los sindicatos ucranianos y del extranjero, incluso la Confederación Sindical Internacional, que agrupa a más de 200 millones de trabajadores en todo el mundo, protestó contra la ley. “Es grotesco que los trabajadores ucranianos, que defienden el país y atienden a los heridos, enfermos y desplazados, ahora estén siendo atacados por su propio parlamento”.

La nueva ley laboral y la Conferencia de Recuperación de Ucrania en Lugano, Suiza, más BlackRock, es donde se decide la dirección que podría tomar Ucrania durante y después de la guerra de Rusia. Los trabajadores se ven particularmente afectados por la ofensiva del ejército ruso. Cientos de miles, si es que no millones, de trabajadores se han quedado sin empleo. Sin embargo, aquellos que todavía están en el trabajo han visto sus derechos severamente restringidos desde que comenzó la guerra: actualmente, las huelgas están prohibidas y la Inspección de Trabajo ha detenido casi por completo sus revisiones, lo que significa que las violaciones de la legislación laboral ya no se documentan.

Mientras los trabajadores ucranianos defendían el país y hacían todo lo que estaba a su alcance para que las cosas siguieran funcionando en tiempos muy difíciles, se impulsaron múltiples reformas que limitaban los derechos en el lugar de trabajo. Primero, se aprobó una ley que relajó la protección contra el despido y aumentó la semana laboral máxima a sesenta horas. A esto le siguió una ley que permitía los llamados contratos de cero horas, una forma radical de trabajo a pedido en el que no se tiene derecho a un mínimo de horas de trabajo y solo se remuneran los servicios efectivamente realizados. 

Los primeros esbozos de las leyes laborales surgieron a principios de julio, en la Conferencia de Recuperación de Ucrania celebrada en las idílicas orillas del lago Lugano en Suiza. Numerosos representantes de las principales corporaciones internacionales también estuvieron presentes: empresas tecnológicas como Google, gigantes agrícolas como Syngenta, comerciantes de productos básicos como Trafigura, proveedores de servicios de pago como Mastercard y firmas consultoras como PricewaterhouseCoopers habían venido a Lugano para discutir la reconstrucción. Un plan para Ucrania, presentado allí por primera vez.

El plan se divide en tres fases: primero, se proporcionará ayuda de emergencia directa durante la guerra, luego se renovará la infraestructura destruida y, finalmente, se implementarán objetivos a largo plazo para reformar el Estado. La conferencia de Lugano se inauguró con un enlace de video a Zelensky en Kiev, en el que dejó claro que la reconstrucción no es sólo un proyecto local sino una tarea de todo el mundo democrático. Y, ciertamente en su beneficio, «la UE y la OTAN están firmemente unidas gracias a nosotros». Europa está de acuerdo e incentiva que el capital humano expulsado por la guerra, las nuevas flexibilidades laborales y los sueldos de hambre llenen el vacío de manos que tienen sus vecinos.

Los representantes ucranianos repitieron este lema como un mantra en Lugano. El país no solo debe ser reconstruido sino reinventado a partir de la guerra. En el futuro, Ucrania debería ser más verde, más digital y socialmente abierta, y un mejor socio para inversores y corporaciones. El Día de la Independencia, el 24 de agosto, lanzó una campaña titulada “Ventaja Ucrania”. Con anuncios en Gran Bretaña, Estados Unidos y Alemania, las corporaciones globales se sentirán motivadas a invertir en Ucrania. El eslogan parlante contra un fondo azul y amarillo: “Somos libres. Somos fuertes. Estamos abiertos para el negocio”.

La nueva Ucrania, delineada por el neoliberalismo, es un país a la medida de la explotación, la falta de derechos, y los negocios espurios. Sin industria, tratando de regalar las tierras, sin Estado y con deudas de todo tipo, muestra el nuevo ideal que el capitalismo necesita para invertir. El poder blando en toda su expresión muestra la capacidad de un actor político, como por ejemplo un Estado, una multinacional, un organismo internacional, condiciona e incide en las acciones o intereses de otros actores valiéndose de medios culturales, ideológicos y económicos. El terreno se está preparando y Ucrania será una marioneta de los negocios de Occidente.

Fuente: eltabanoeconomista.wordpress.com

Anuncio publicitario